3. Temporal


 Temporal

Por: Juzgado Noches

Y Jeremías maldice y maldice más y sigue maldiciendo; maldice el ruido de la lluvia incesante en el techo de lámina, maldice el frío que se le mete por la camisa de uniforme rota y que a cada rato hace que le den unos malditos temblores que hacen que le duela cada vez más la maldita herida que tiene en las costillas. Maldice a sus padres, a Berenice, al vigilante del predio; a todo y a todos los que lo llevaron hacia aquí y ahora.

Y con ojos rojos de ira y lágrimas, la garganta agria de los gritos y las manos entumecidas, maldice entre susurros a la cosa envuelta en sombras en al otro lado del bús.


 Y él se acuerda, se acuerda que después del frío, ya en cama, lo habían tapado con tres cobijas y la que le topaba en la nariz apestaba a polvo, humedad y ungüento mentolado. Pero ni loco sacaba las manos para moverla, nada lo llevaría a salirse de la cálida burbuja en la que estaba.

Y recuerda que su madre lloraba a su lado, y el silencio de ella, que ya no era el silencio carmesí que casi no merece llamarse silencio; donde lo miraba a la cara entre sollozos con cara de pensar qué más decirle y seguir regañándole; que como se le ocurría, que un dia la iba a matar de un susto, que que iba a decir la gente de la colonia.

Y no era el silencio púrpura, dañado como un moretón, donde miraba al suelo mientras entraba su padre y pasado el alivio inicial, empezaba a despotricar contra ambos, a la distraída, desconsiderada y al imbécil, llorón que lo hacían perder tiempo del trabajo. Que estaban quitando gente, y que ellos no sabían que era romperse el lomo trabajando para que le hicieran estas cosas.

Y Jeremías se acuerda de este instante, lleno del silencio pálido como el alba de su madre, pálido como el hueso que queda después de roer toda la carne. El de un trapo que se le ha escurrido toda el agua y han puesto a secar. Las sortijas negras de su pelo estaban sobre la pierna de Jeremías y su rostro estaba oculto. Hacía como que dormía pero él sabía que aún estaba despierta.

Y en ese momento, la puerta hinchada por el vapor de agua se abrió con un estruendo como una tabla rompiéndose. Y entraron corriendo Berenice y Amanda, y a la fecha no sabe quién las mandó a llamar. En esa época, su madre todavía insistía en ponerles lazos de colores para diferenciarlas.

Y fue como que el silencio, el frío, el dolor y hasta las arañas de los rincones las hubieran agarrado, envueltas en el listón verde que estaba en los cabellos de Berenice y las hubieran tirado derechito a la basura.

Y es que ahí, justo ahí, con la cabeza retumbando como una campana agrietada, Jeremías se dió cuenta que amaba a Berenice. Las hermanas, con una abuela recién fallecida, se convertirían en una constante en su vida.

Y su siguiente recuerdo es estar sentado en la misma cama, con el brazo vendado. Sus padres habían sacado unas sillitas de cualquier lado y estaban todos riéndose de alguna ocurrencia de Berenice. Comiendo pastel y comiendo cada palabra que salía de su boca.

Y Jeremías recuerda abrir los ojos y ver a Amanda viéndolo fijamente, con una sonrisa amable que sin embargo no llegaba hasta sus ojos, que lo miraban como esperando algo.


Y el rugido de un trueno lo despierta y vuelve a estar en el bús, con el corazón a mil. Desorientado, sus zapatos se deslizan en el piso metálico y se golpea la rodilla contra el fierro de un asiento. Maldice nuevamente, la pérdida de sangre, el miedo y el frío lo están cansando demasiado.

Y de repente abre los ojos como platos y dirige la mirada hacia el frente del bús. Y ve que la cosa está cerca, más cerca que antes, como esperando a que volviera a dormirse. Pega un grito, y le avienta un pedazo de madera astillada que encuentra que tenía en la mano sin darse cuenta. Es la mano izquierda y el tiro falla por varios metros, chocando contra los asientos al otro lado del pasillo. 

Y en eso cae otro relámpago, cerquita. Entre el estruendo y el pavor, Jeremías no sabe cómo agarra el valor para salir de detrás del asiento donde estaba resguardado y correr un par de filas atrás, al lado opuesto del asqueroso bús. No es un proceso ágil y vuelve a resbalar un par de veces.

Y al asentarse, sudando a pesar del frío, arriesga otra mirada a la aparición. La lluvia, los rayos y el viento que mueve los árboles pelones del predio hacen que le sea imposible distinguir su forma. Pero nota con cierto alivio que no se ha acercado nuevamente. 

Y el cambio de posición no le favorece, la ventana del bus de ese fila de asientos no cierra del todo y le caen rafagas de gélida lluvia consistentemente. El bús abandonado está viejo, sucio y mal cuidado; se ha golpeado la cabeza contra algo en su escape y hay un ligero tufo a algún animal muerto. 

Y Jeremías suspira, de esos suspiros que rozan al llanto; levanta la otra mano y se masajea la frente.Y vuelve a pensar en como carajos llego hasta acá, así como piensan los adultos, piensa (y maldice) en que pudo haber hecho diferente.


 Y el tiempo pasó y pasó, y las hermanas nunca estuvieron lejos de él. Las abuelas habían sido amigas inseparables y aunque las madres no se llevaran bien, el vínculo entre las familias se había mantenido después de los funerales.

 Y Jimi no daba problemas, desde el susto. Se dedicaba a la escuela con ganas, y bajo la tutela de una amable profesora; había cosechado un amor por la lectura y las letras.

 Y Amanda, amable Amanda, siempre lo esperaba por las tardes. Él llegaba después de cambiarse el uniforme, subía las graditas de cemento, gritaba buenas tardes y pasaba sin esperar permiso de nadie. Juntos terminaban tareas, y luego se ponían a ver televisión o a leer libros de un polvoso baúl que tenía la madre de las gemelas en su cuarto.

Y recuerda cuando volvió su tío del norte y le había llevado un flamante nuevo regalo. Ni bien había terminado de dar las gracias, él había corrido con todas las fuerzas de sus escuálidas piernas a la habitación de Amanda. Juntos habían abierto el dispositivo color rojo esmaltado y se habían sonreído de por fin tener una computadora a su alcance. 

Y Amanda era su amiga más cercana, conocía sus sueños y él creía conocer los suyos. Se apoyaban en clases mutuamente y hacían carreras de lectura para ver quien terminaba de leer una página antes; donde ambos terminaban acusando al otro de hacer trampa, riendo, y sin haber entendido ni una palabra. 

Y Amanda, pobre Amanda, quedaba sola, con sus libros, su polvo y sus tenues ojos miel; en el instante que Berenice aparecía por la casa e invitaba a Jeremías a acompañarla.

Y Berenice nunca hacía mucho de provecho. A pesar de ser gemelas, Amanda iba al mismo grado escolar que Jeremías mientras Berenice iba uno atrás. Se dedicaban a subirse a árboles en el monte; a jugar fútbol, donde Berenice jugaba sin ningún problema con otros varones; y a gastarle bromas a quien se le ocurriera a Berenice molestar ese día.

Y a pesar de eso, nunca nadie se molestaba con ellos. Jeremías sabía que no se enojaban con él porque estaba cubierto bajo la sombra de Bere y con ella no se enojaba nadie. Él la espiaba con la mirada en cada ocasión que podía, y veía como la misma persona que los regañaba hace un minuto terminaba riéndose de sus ocurrencias.

 Y Jeremías se perdía, visita tras visita, en los agudos ojos, brillantes como el topacio, de Berenice.


Y conforme crecieron, el lazo verde y el rosa de Amanda fueron cada vez más innecesarios. Cada una se adaptaba a su entorno, Amanda se rodeaba de libros y recuerdos en la vieja casa al borde del monte, y se mantuvo pálida y ojerosa como su madre. Su cabello tendía a lacio y disposición a enfermiza. Berenice, inquieta, se quedó con un bronceado después de un verano interminable vagando bajo el sol y decidió nunca volver a quitárselo. Sus cabellos se aclararon y yacían en rizos cobrizos, cortos y suaves.

Y él cambió con ellas. Poco a poco, dejó de ser Jimi, el baboso que se había caído en la quebrada y se volvió Jeremías, el joven que, por muchos esfuerzos y mucha suerte había conseguido una beca para estudiar bachillerato en la ciudad. Después de eso la universidad, y después el mundo.

Y todavía seguía releyendo los mismos viejos libros, comidos por las polillas, pero ya con media mente distante. Veía el futuro en la ciudad y dejaba de importarle el pueblo y la pálida chica frente a él. Preguntaba y preguntaba sobre Berenice, y en si ella no pensaba meterle más a los estudios y no veía el dolor en la mirada de su amiga.

Y un día oscuro, por la tarde, cuando las nubes habían pintado el cielo de un apocalíptico naranja, Berenice se asomó a la sala de la casa al borde del cerro. Sus ojos brillaban como estrellas de ámbar, tal cual gato antes de abalanzarse sobre su presa. No perdió el tiempo y lo robó del lado de su hermana. Amanda solo observó, con una mezcla de resignación y melancolía, como se perdían al final de la calle.

Y ese día Berenice estaba diferente, juguetona como siempre, pero diferente. Como pianista detecta una sola nota equivocada en un concierto, Jeremías detectaba los cambios en la actitud de la joven. Una risa demasiado larga de un chiste demasiado malo, empujones que no pretendían alejarlo. Una mirada que se encontraba con la suya y bajaba a sus labios.

Y así, bajo un pesado cielo que no se decidía si llover o no. Llegaron al viejo predio al borde del pueblo. Ahí solo había chatarra y una pequeña caseta que alberga un vigilante viejo con un perro mayor y más cansado aún. Fue fácil burlarlo y seguir a Bere dentro de un bús americano viejo al fondo del lote.

Y Jeremías sabía que él no debería estar ahí. Bere a veces se quedaba fumando en los parques, y ese lote era famoso por albergar borrachos y drogadictos. Tenía que pensar en su futuro, y en sus padres, y llegar a la ciudad.

Y unos enormes ojos color oro viéndolo con cuidado, unos morenos labios preguntando si quería ver algo. Y antes de darle oportunidad de responder, la joven lentamente se subió la blusa con una mano y dejó al descubierto un arete dorado brillando en su ombligo. Una piedra verde centelleaba bajo la escasa luz.

Y le preguntó si le gustaba, y la garganta más seca del mundo respondió que sí. Le preguntó si quería tocarlo, y su mano ya estaba en el aire, absorto, idiota. El mundo había caído a la nada, solamente existía el ser enfrente suyo y su mano estirada.

Y se escucha el furioso disparo de un rifle al aire y los ladridos de un perro. Una voz gangosa que grita preguntando quién está ahí. Y los minutos siguientes son una mezcla de risas, carreras, improperios y gruñidos de chucho. Cuando se da cuenta ya está en su casa, recuperando el aliento, con la mano de Berenice firmemente enlazada con la suya.

Y le pregunta si quiere pasar, y la chica solo ríe antes de irse.


Y el día siguiente es eterno, y no hay rastro de Berenice. No la ve en los pasillos, y ninguna de las personas que cuestiona sabe dónde está. Clases, tareas y demás le impiden irse temprano. Es ya cerca de la puesta del sol que corre, bajo los rugidos del grisáceo cielo, a la casa de las hermanas.

Y Amanda, ignorada Amanda, le recibe con entusiasmo. Él empieza a preguntar por Berenice, a lo cual Amanda lo ignora y continúa sugiriendo actividades que pueden realizar. Hasta que él, impaciente, la toma de la muñeca y le pregunta, casi a gritos, dónde estaba su hermana.

Y la sonrisa de Amanda cambia de forma que los enamorados ojos del muchacho no pueden percibir. Se golpea la cabeza, como recordando algo de repente, y le dice el recado: Berenice estaría donde se encontraron el día de ayer.

Y ni las ya para entonces gruesas gotas, ni los vendavales que sacuden el cerro, ni los gritos de alerta de Amanda, pidiéndole que se quede, que se va a mojar, hacen que Jeremías abandone su carrera ciega hacia el predio baldío.

Y se asoma con cuidado a la caseta del guardia, la lluvia callando el ruido de sus pasos. Se alegra de ver que tanto dueño como bestia duermen profundamente, en la suciedad de la habitación del hombre.

Y el muro de tormenta del temporal lo encuentra a medio camino hacia el viejo autobús. Bere está cerca, y está esperando. Con la adrenalina desbordándose por su venas, abre a la fuerza la puerta del bús. Se zambulle de lleno en la oscuridad casi total dentro del camión.

Y no escucha nada, ni el agua, ni el viento, ni el trueno en la lejanía; solamente el golpe sordo de su corazón en su garganta. Sube las gradas de la entrada, y da un par de temblorosos pasos en el pasillo.

Y en el instante que abre la boca para llamar su nombre; logra sentir, más que escuchar un sonido como de crujir de huesos y un horrible dolor punzante en el costado izquierdo. Un graznido como de pájaro corta el silencio y lo hace brincar hacia la parte interior del bús. Cae al piso, y se gira para detectar al atacante. Una sombra horrible, como cubierta de pelo marrón se abalanza sobre él.

Y Jeremías retrocede, arrastrándose como poseído y arrojando cualquier objeto que sus manos encuentren. Llega un punto donde la sombra deja de seguirlo y se detiene. Logra ponerse en pie, pone un par de filas de distancia entre él y la bestia y se resguarda en una fila de asientos.

Y el susto inicial baja poco a poco, pero el terror solamente va en aumento. Un par de ojos, dorados y brillantes, sin pupilas ni escleras, lo observan desde el techo del autobús. Y Jeremías no parece poder dejar de observarlos, anclados en esa sombra gigantesca.

Y empieza el juego de espera entre la bestia y él. 


Y la mano de Jeremías se mueve de golpe y le acerta una bofetada a sí mismo. No puede dormirse o quedarse en recuerdos y fantasías. Tiene que pensar cómo salir de ahí antes que esa cosa pierda la paciencia, o peor. Con un ojo en su acompañante e investiga con sus otros sentidos.

Y le parece que las ventanas son demasiado pequeñas para él, además que removerlas a golpes costaría demasiado trabajo. La entrada está descartada, obviamente. El techo, herrumbroso, deja pasar goteras pero es demasiado para que él pueda romperle.

Y el hedor a descomposición lo asalta y siente algo de asco. Revisa el piso para ver si hay algún roedor muerto, justo cuando un relámpago le muestra el río carmesí bajo sus pies. Aterrado, se levanta y revisa su propio sangrado, que se detiene en su pantalón de uniforme. El hilo de sangre lleva al asiento detrás del suyo.

Y Jeremías, aún asustado y empapado, no es tan idiota. Moviéndose despacio, se asoma sobre el asiento y observa. El cadáver empapado de Berenice lo mira, desplegada sobre todo el asiento. La sangre ha fluido y se ha secado sobre su blusa rasgada desde la herida de su cuello degollado. El pequeño dije dorado con la piedra esmeralda lo saluda desde el abdomen de la joven.

Y no sabe si es el horror de ver esto, o el asco, o que que lo lleva a levantar la mirada a los pasos que vienen de la parte trasera del bús. 


Y Jimi no quería estar en el funeral, le picaba la ropa y le asustaba ver tanta gente. Se salió de la pequeña casa al borde del cerro y corrió y corrió hasta que se perdió. Un paso lo llevo al otro y de repente caía y caía hasta chocar de golpe con el agua helada.

Y recuerda al despertarse que ya había oscurecido, y sus pies estaban zambullidos en el agua y el lodo. Y en el centro de la quebrada, unos enormes ojos dorados; sin pupila ni esclera lo observaban desde el fondo del agua.

Y Jimi sabía que no debía moverse, o esa cosa lo devoraría. Pasó así toda la noche, hasta que lo encontraron en la madrugada. Y no habló hasta que las hermanas llegaron a su cuarto. 


Y los ojos miel de Amanda lo miran con una mezcla de decepción y lástima. Porta una daga plateada y un libro bajo el brazo. Y le ofrecen quedarse juntos, olvidar a Bere y la ciudad, y bajar al fondo de la quebrada con ella.

Y el joven le dice que no, que está loca, que lo deje irse. A lo que Amanda responde, con una mueca de ira, con rasgar con el cuchillo su propia muñeca. La bestia grita como el trinido de los pajaros de la tarde y se avalancha sobre Jeremías, hincando sus dientes en su hombro. 


Y al desangrarse, Jeremías recuerda cada instante que la bestia estuvo de fondo, observando; y que su mente había bloqueado hasta ahora. Entre la grieta de una puerta mal cerrada, en la ventana al estudiar de noche, detrás de la cabeza de su madre recostada en sus piernas, sobre su cama mientras dormía, en el mismo autobús el día anterior.

Y…

Y…

Y Jeremías agradece morir.

Comments

Popular posts from this blog

1. Léeme

Primero de Marzo: Poemas sobre la Vanidad.