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8. Se lo que vi.

  Se lo que vi.  Por: Miguel Ángel Páramo Inocencio le había puesto de nombre al conejo, porque se parecía a mi bisabuelo Inocencio, con sus enormes dientes y cara de tonto. Yo tenía cuatro, o cinco. Ya no me acuerdo. Me lo llevaron por mi cumpleaños y yo lo amaba. Lo amaba como un niño ama a un buen amigo. El dolor y la culpa nos hace ver hacia atrás con más frecuencia, supongo. En aquellos tiempos yo era un niño hiperactivo. Se llego la boda de unos familiares lejanos del pueblo y entre licor y música mis padres me descuidaron. Unos minutos bastaron para causar un desastre en la cocina, ¡y la vergüenza que pasaron! Me sacaron casi arrastrándome del brazo, con la furia en sus ojos. El castigo fue cocinarlo a mi pobre Inocencio. Mi mama no lo sabe, pero logre ver a mi viejo, que en paz descanse, cortándole el buche y abriéndolo por la mitad con un cuchillo de cocina. Me hicieron comérmelo, a mi pobre Inocencio.              ...

7. La Habitación

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La habitación By: Brady Rivers La sala de estar parece que no ha cambiado desde la última vez que estuviste aquí. Los mismos tres sofás están alineados en las paredes, y sobre ellos cuelgan adornos de metal, cuadros pintados a mano y un espejo que refleja la entrada. Evitas verte en él, porque por alguna razón temes no reconocer tu rostro. Una sensación de extrañeza recorre tu cuerpo, pero no sabes por qué. Después de todo, tú decidiste regresar, ¿o no? Te diriges al comedor, donde la mesa de madera con seis sillas alrededor te invita a compartir con los demás. ¿Quiénes son los demás? ¿Hace cuánto estás aquí? No recuerdas en qué momento entraste a esta casa o por qué no hay nadie aquí. Sientes que el pulso se te acelera, pero lo percibes como una idea y no como una sensación real. Quizás estás sobrepensando las cosas. Es solo una mesa. Ves el reloj encima del mueble bar en la esquina del comedor y las manecillas vibran en el mismo minuto, posiblemente desde que entraste. El ambiente ...

6. Rubíes y Lirios

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  Rubíes y Lirios Por: Ricardo Arjona de Temu Martes, 11:45 pm. Me encontraba cargando gasolina en una estación de servicio sobre el paseo Escalón cuando el teléfono notificó un viaje por la aplicación. Era una carrera corta: de un restaurante muy famoso en la San Benito hacia una residencial en Santa Elena. Conducir un carro de gama alta tiene sus beneficios en este oficio. —Un viaje a Santa Elena... no me agrada la idea, pero es un viaje. Debido a la tarifa dinámica le puse $18 dólares por el viaje. Creí que no lo aceptaría, pero lo tomó de inmediato. Me dirigí al restaurante y al llegar le escribí: —Me encuentro afuera, señorita. —Salgo de inmediato. Esperé no más de treinta segundos cuando la puerta trasera se abrió. Alguien se subió, pero el auto no se agitó, como si la persona no pesara nada. Se movía de forma ligera, flotante. La oscuridad no dejaba ver bien, pero su cabello se apreciaba de un rubio muy claro, casi blanco. Llevaba un vestido negro de fiesta y e...

4. La última voluntad no dicha

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 La última voluntad no dicha  Por: LocuzVu Volaba el Cuervo de la Curiosidad sobre la sociedad de los secretos, donde la mayoría eran artista y otros misterios o conjuros universales, CC- todos ellos pueden ser libres cometas o mis nuevas almas a embotellar - (Susurraba para sí mismo el Cuervo de la Curiosidad) A veces los miraba de lejos por ventanas vacías y otras tantas como sombra entre sus reuniones cotidianas, solo contemplando ese compartir, su reír, el decir más de lo que debían y así cada hora, cada día. Un día decidió aterrizar a las orillas del bosque de las injurias, y entre las sombras escuchó: G- ¿Son ellos los llamados a morir mi señor Cuervo, o son los virtuosos que serán atrapados y guardados en sus botecitos de caos? (Preguntaba sigilosa Genoveva, una araña peculiar a quien le gustaba quitar pestaña por pestaña a quien osará comer del árbol de la vida, ese viejo árbol maldito que solo aparecía cada cierto tiempo a las orillas del bosque con sus f...

3. Temporal

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 Temporal Por: Juzgado Noches Y Jeremías maldice y maldice más y sigue maldiciendo; maldice el ruido de la lluvia incesante en el techo de lámina, maldice el frío que se le mete por la camisa de uniforme rota y que a cada rato hace que le den unos malditos temblores que hacen que le duela cada vez más la maldita herida que tiene en las costillas. Maldice a sus padres, a Berenice, al vigilante del predio; a todo y a todos los que lo llevaron hacia aquí y ahora. Y con ojos rojos de ira y lágrimas, la garganta agria de los gritos y las manos entumecidas, maldice entre susurros a la cosa envuelta en sombras en al otro lado del bús.   Y él se acuerda, se acuerda que después del frío, ya en cama, lo habían tapado con tres cobijas y la que le topaba en la nariz apestaba a polvo, humedad y ungüento mentolado. Pero ni loco sacaba las manos para moverla, nada lo llevaría a salirse de la cálida burbuja en la que estaba. Y recuerda que su madre lloraba a su lado, y el silencio...