7. La Habitación
La habitación
By: Brady Rivers
La sala de estar parece que no ha cambiado desde la última vez que estuviste aquí. Los mismos tres sofás están alineados en las paredes, y sobre ellos cuelgan adornos de metal, cuadros pintados a mano y un espejo que refleja la entrada. Evitas verte en él, porque por alguna razón temes no reconocer tu rostro. Una sensación de extrañeza recorre tu cuerpo, pero no sabes por qué. Después de todo, tú decidiste regresar, ¿o no?
Te diriges al comedor, donde la mesa de madera con seis
sillas alrededor te invita a compartir con los demás. ¿Quiénes son los demás?
¿Hace cuánto estás aquí? No recuerdas en qué momento entraste a esta casa o por
qué no hay nadie aquí. Sientes que el pulso se te acelera, pero lo percibes
como una idea y no como una sensación real. Quizás estás sobrepensando las
cosas. Es solo una mesa. Ves el reloj encima del mueble bar en la esquina del
comedor y las manecillas vibran en el mismo minuto, posiblemente desde que
entraste. El ambiente se siente denso, y un ligero aroma a madera, tierra
mojada y sal se percibe alrededor. Parece que la gravedad ha aumentado y,
caminar se siente ligero y pesado a la vez. No deberías estar aquí.
Crees escuchar un ruido en la segunda planta, ¿será el viento? Decides subir por las escaleras, pasando por paredes adornadas con fotos de familia, diplomas y reconocimientos. Al final de las gradas, encuentras una sala más pequeña, vacía y sin ninguna decoración: solamente tres puertas. La distribución del espacio se siente mal, ¿hace falta algo más quizás? Intentas abrir la puerta al frente de ti; está cerrada. Intentas la segunda puerta a tu derecha; cerrada. Solamente queda una puerta y apenas te percatas de que un rayo débil de luz se ve reflejado en el borde inferior de la puerta. La luz parece titilar, como si el resplandor de una televisión encendida se tratara. Pero no hay sonido. Tocas. No hay respuesta. Tocas de nuevo y, en el tercer golpe, la puerta cede. ¿Acaso no estaba cerrada? Te detienes un momento antes de entrar y dejar que la luz te ciegue por unos segundos.
Hace un tiempo pasaban en el cable
un show donde los participantes medían su resistencia física y mental en retos
al aire libre. Cada reto era más extremo que el anterior, obligando a los
participantes a exponerse a elementos naturales como el calor del sol en la
playa, caídas de altos niveles, agua fría y a enfrentar sus miedos con animales
peligrosos. Tú veías la final del programa en uno de los sillones de la sala,
con una sábana verde encima y cuidando de no golpear el espejo que cuelga sobre
ti con tus pies al acomodarte durante la transmisión. Mamá te llama desde su
habitación y te pregunta
si quieres algo de cenar. Tu hermana no vendrá a cenar
hoy por una actividad de su universidad, así que tienes libertad de elegir el
menú de la cena.
"Hoy se me antoja que pidamos algo a domicilio,
ma. Déjame ver qué hay abierto a esta hora. Así pedimos algo después que deje
de llover", respondes y regresas a tu programa, mientras revisas la
aplicación de comida a domicilio.
Al escuchar tu voz, tu perro baja corriendo las gradas
para echarse a tu lado y hacerte compañía, como si de pronto recordase que
también existes. "Qué muchachito más consentido", le dices mientras
le rascas la panza.
La
luz disminuye gradualmente y estás de nuevo en la sala. Esta vez notas que
sobre uno de los sofás hay una sábana. No distingues el color, pero por alguna
razón sabes exactamente cómo se siente el calor y la suavidad de la tela sobre
tus piernas. Un escalofrío recorre tu espalda.
"No deberías estar aquí", escuchas a lo
lejos. Y por un instante crees que fue tu conciencia, pero la voz sonaba
familiar. Olvidas el temor del inicio y la pesadez de tus piernas. Empiezas a
notar un cambio en la temperatura; se siente más fría, como si hubieses mojado
tus pies y la brisa del exterior quisiera secarlos sin éxito. Subes las
escaleras e intentas abrir nuevamente la primera puerta del pasillo. Esta vez
no hay luz debajo de la puerta y esta parece estar completamente sellada. No puedes
girar la chapa. Parece que la puerta está incrustada directamente en la pared
de la casa, como si nunca hubiese existido una habitación detrás. Solo es un
marco decorativo en la pared, formando una ilusión de amplitud para tratar de
obviar lo pequeño del espacio en que estás. El ambiente empieza a sentirse más
frío y un extraño sonido constante, como un zumbido, empieza a resonar entre
las paredes. Sientes cómo la pesadez de las piernas empieza a sentirse en tu
torso, en tus brazos, como si alguien hubiese colocado una camisa de fuerza
sobre ti, sin apretar, pero con la suficiente presión para sentirte atrapada,
pero no hay nada sobre ti. Quizás la casa se está haciendo más pequeña, quizás
las paredes se están contrayendo y acabando con el poco aire que puedes respirar.
Tienes que salir rápido de aquí, te falta el aire, otro escalofrío recorre tu
espalda mientras escuchas algo...
Una tenue melodía y risas parecen provenir de la segunda
habitación. Acercas tu oído a la puerta para intentar descifrar la canción.
¿Reconoces la letra? Suena familiar y extraña a la vez. Esta vez la chapa
parece no tener llave y la giras lentamente con la intención de abrir sin
interrumpir lo que adentro ocurre. Miras tus pies mientras abres la puerta, con
el miedo de encontrar una imagen bizarra o quizás con la pena de estar entrando
sin invitación a una reunión donde no perteneces. La música parece más fuerte a
medida que abres la puerta e intentas levantar la mirada, pero antes de que
puedas procesar lo que tus ojos ven, una ráfaga de viento te hace retroceder de
golpe. Cierras los ojos por la sorpresa y sientes que caes.
"¡Qué bueno que al fin pudimos planear esto!", dice ella. Y notas la alegría de sus palabras y el brillo en sus ojos cuando habla. Realmente necesitaban esta salida. El clima está perfecto: con cielos despejados, brisa fresca y el fin de semana libre de responsabilidades. El momento perfecto para manejar en carretera con los vidrios abajo y dejar que el aire te desordene el cabello. Te cuesta mantener los ojos abiertos por el aire, pero no te quejas. Hacía meses que hablaban de salir en grupo y por fin coincidieron en una fecha. Nadie te prepara para lo complicado que es agendar citas con tus amigos cuando todos trabajan, atienden a sus familias o simplemente sus vidas se vuelven caóticas. El grupo se reúne en una casa que rentaron entre todos a la orilla de la playa. En conjunto empiezan a descargar las maletas, las bebidas, las compras del supermercado, los juegos de mesa y los inflables para los pequeños del hogar.
Durante el transcurso del fin de semana platican sobre la vida en sus trabajos, los compañeros que hacen los días más fáciles y los que los vuelven más pesados, las victorias de sus hijos, las ocurrencias de sus padres, los planes a futuro y cuál será la
próxima aventura. Justo antes del ocaso, aprovechan la
oportunidad de ir una última vez al mar, a disfrutar de las olas mientras el
sol pinta de tonos rosa y naranja el horizonte.
-
Caes de golpe, pero no sientes dolor. Fue como pasar en
cámara lenta de un estado de pie a estar en el suelo. Te levantas, te sacudes
la ropa y, con cada palmada que das a tus piernas, pequeños granos de arena
caen sin hacer ruido. El zumbido del ambiente ha cedido; por un momento crees
que escuchas las olas del mar, al siguiente suena el canto de un pájaro, el
crujido de hojas secas cuando caminas sobre ellas, el siseo de páginas como si
alguien leyera. Hay tantos sonidos entrelazados que no logras distinguir de
dónde provienen. No hay nadie aquí, ¿por qué no hay nadie aquí? ¿De dónde
vienen los ruidos? Ha de ser la televisión. ¿Dónde estaba? Intentas buscar en
la planta baja algo que explique los ruidos, pero no hay nada. Solo muebles
abandonados, flores marchitas, fotos de un grupo de amigos en la playa, de tres
personas con un perro que crees saber cómo se llama, pero que no reconoces. El
corazón se te acelera, el ambiente sigue frío y apenas ahora notas un
cosquilleo suave en tu rostro. No te ves en el espejo, no puedes. No quieres.
Tocas tu mejilla y el cosquilleo se siente cálido, suave, pero sobre todo:
fuera de lugar. Aquí no hay sol. Las cortinas están cerradas, apenas entra una
leve brisa que las hace bailar, pero no te atreves a ver afuera. Es más seguro
aquí adentro, donde el aire se está acabando poco a
poco y las paredes parecen exhalar, para hacerse cada vez más pequeñas.
El canto de los pájaros empieza a sobreponerse a todos
los ruidos que escuchas, hasta volverse casi ensordecedor. Suena más fuerte en
el segundo piso. Subes corriendo las gradas, pasando de largo una foto de una
mujer con un vestido largo y un hombre a su lado, con un traje formal. No la
habías notado antes, pero la familiaridad de su rostro te hace regresar. Tomas
la foto en tus manos, los pájaros dejan súbitamente su canto y te detienes a
ver la fotografía. No reconoces a esas personas, pero ambos se ven felices.
¿Alguna vez fuiste feliz? Te gusta pensar que sí. Crees que sí. No notas cómo
una lágrima recorre tu mejilla mientras te quedas absorta en tus pensamientos.
Sientes una leve presión en el pecho y sabes que tienes que continuar subiendo.
Cuelgas de nuevo la foto en la pared y dejas atrás a esas dos personas,
disfrutando de una risa conjunta, ambos con los ojos cerrados por la emoción
del momento.
En la pequeña sala del segundo nivel, solo hay una
puerta. Nunca hubo nada más. La distribución parece correcta esta vez, ¿o no?
Solo es un pasillo con una puerta al fondo. Abres la puerta y te cubre el
rostro una hoja de papel con dobleces.
-"¿Estás seguro de que es por aquí?"
"Sí, mi amor. Yo conozco el camino, confía en
mí."
Y
cómo no lo harías, si es el amor de tu vida y él ha dedicado muchos años a
recorrer estas montañas con su familia. Es solo que te gustaría tener la
seguridad de que al menos se apoyarían en el mapa que conseguiste en la
estación de gas a la entrada del parque. Sin embargo, él lo lleva mal plegado
en la bolsa de su pantalón. Llevan caminando un par de horas, justo con la
salida del sol de la mañana. No esperas la hora en que lleguen al final del
camino, para poder desayunar con la vista más bonita del lugar. Hace un par de
años que llevan juntos haciendo estas actividades y cada nueva vez se siente
tan emocionante como la primera. Lo único que ha cambiado en estos años ha sido
la banda metálica que ambos llevan en la mano izquierda. El mirador de la montaña
ofrece una de las mejores vistas. Quizás por eso acá es donde decidieron
empezar una nueva etapa juntos hace unos años.
"No regresemos muy
tarde", le dices mientras tienes tu cabeza recostada en su hombro.
"Ya sabes que me da miedo la oscuridad".
"Yo sé. Vamos a volver por un camino más corto. Déjame
revisar el mapa", responde él mientras saca de su bolsillo el mapa mal
doblado. Al extenderlo, el aire se lo arrebata de las manos, te sorprende
cubriendo tu rostro. Por el sobresalto no logras agarrarlo y se pierde en el
aire. Ambos ríen y deciden volver por el camino que ya conocen, agilizando el
paso para no perder la luz del día.
Regresan a casa con el objetivo principal de dormir por
10 horas o más; ha sido un día cansado pero alegre. En el centro de la mesa
está el último arreglo de flores que él compró, con una combinación de
hortensias celestes, moradas, lirios blancos y claveles pastel. Algunos pétalos
empiezan a marchitarse.
-Abres los ojos. El silencio te pesa en los oídos y parece que te presiona desde dentro. No hay nada frente a ti. Solo cuatro paredes grises, una luz tenue que no sabes de dónde proviene. Los recuerdos que te nublan la mente parecen partículas de polvo suspendidas en el aire. Pequeños, efímeros, móviles. El silencio que te envuelve, el frío del ambiente y la sensación de calor en las mejillas es lo único que percibes, hasta que un brillo llama tu atención. En una pared aparece una ventana. Te apoyas en el marco con una mano que no reconoces como tuya. ¿Quién eres? Te inclinas con dificultad, como si tus piernas se rehúsasen a hacer mucho esfuerzo. Al otro lado de la ventana ves un jardín.
-"No deberías estar aquí, mi amor. Aún estás en tu pijama y anoche llovió. Vas a resfriarte", dice él mientras te envuelve el torso con una mantita. Sus pasos son torpes, por la irregularidad del jardín y porque los años suelen pesar a esta edad.
Él te acompaña de vuelta adentro y los recibe una enfermera joven, con rostro de culpa por no haberse percatado de que no estabas en tu habitación. Al ingresar por la terraza, que conecta con el comedor, notas un reloj viejo que marca las 10. Un jarrón de vidrio sostiene unas cuantas hortensias recién cortadas de tu jardín. La enfermera los acomoda a ambos en la sala, frente a la televisión y junto a un gran espejo que cuelga a un costado. Un programa de competencias está en transmisión. Giras tu rostro hacia un lado y saludas con una sonrisa gentil a la señora del reflejo, que inmediatamente te devuelve el saludo con la misma calidez. Lleva el cabello corto, el rostro marcado por años de disfrutar al aire libre, y en su sonrisa se ve el amor que la ha rodeado siempre; pero notas en su mirada cierta tristeza. En el fondo, sus ojos asemejan los de alguien que está atrapado en una habitación, viendo por la ventana una vida que ya no puede controlar.

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