6. Rubíes y Lirios
Rubíes y Lirios
Por: Ricardo Arjona de Temu
Martes, 11:45 pm.
Me encontraba cargando gasolina
en una estación de servicio sobre el paseo Escalón cuando el teléfono notificó
un viaje por la aplicación. Era una carrera corta: de un restaurante muy famoso
en la San Benito hacia una residencial en Santa Elena. Conducir un carro de
gama alta tiene sus beneficios en este oficio.
—Un viaje a Santa Elena... no me
agrada la idea, pero es un viaje.
Debido a la tarifa dinámica le
puse $18 dólares por el viaje. Creí que no lo aceptaría, pero lo tomó de
inmediato. Me dirigí al restaurante y al llegar le escribí:
—Me encuentro afuera, señorita.
—Salgo de inmediato.
Esperé no más de treinta segundos
cuando la puerta trasera se abrió. Alguien se subió, pero el auto no se agitó,
como si la persona no pesara nada. Se movía de forma ligera, flotante. La
oscuridad no dejaba ver bien, pero su cabello se apreciaba de un rubio muy
claro, casi blanco.
Llevaba un vestido negro de
fiesta y en el cuello lució una cadena de plata con una piedra roja brillante.
—Buenas noches —saludé por
educación.
No hubo respuesta.
A pesar de que las ventanas iban
arriba, el ambiente dentro del auto comenzó a enfriarse rápidamente. Las
salidas del aire acondicionado soltaban un viento helado que me congeló los
dedos sobre el volante. Desvié los ventiladores sin atreverme a decir nada.
Manejaba despacio, buscando su reflejo en el retrovisor, pero ella jamás miró
hacia el frente; su cabello le cubría el rostro por completo.
De pronto, una voz seca desde la
penumbra me sacó un escalofrío:
—¿Le molesta si fumo?
—No… no se preocupe, puede
hacerlo —respondí, rompiendo mi propia regla de no permitir humo en el
vehículo.
Sacó un cigarrillo de una
pitillera dorada. Al encenderlo, no sentí el olor del tabaco, sino un aroma
denso y penetrante a lirios y tierra húmeda. Quise preguntarle, pero el
ambiente formado me impidió decir una sola palabra.
—Conduzca, por favor —ordenó
antes de que yo hablara.
Al llegar a la caseta de entrada
en Santa Elena, rompió el silencio:
—Indique al portero que viene a
la residencia de los Del Valle a dejar a la Señora.
Hice lo que me pidió. El
vigilante me miró con extrañeza por la ventana.
—¿A la señora? —preguntó
intrigado, revisando el asiento trasero.
—Sí, eso me dijo ella —asentí.
El portero no dijo más y levantó
la pluma.
Entré manejando a vuelta de
rueda. Subí las luces altas porque una bruma densa comenzó a dificultar el
paso. Los árboles a los lados parecían doblarse hacia el camino, como si
quisieran esconderse, y varios pájaros comenzaron a graznar asustados desde las
ramas. Un sudor frío me bajó por el cuello. Apagué el aire acondicionado por completo,
pero el carro seguía siendo un congelador.
—Avance despacio y doble en la
esquina —escuché pegado a mi nuca—. Ahí encontrará mi casa.
Cuando llegué, me percaté que
conocía esa esquina, hacía varios años había pasado por ahí.
Mis sentidos me gritaban que
pisara el freno y saliera huyendo, pero mi cuerpo no respondía; iba en autómata
obedeciendo sus órdenes.
Llegamos frente a una mansión de
fachada blanca, desvencijada por el tiempo. La entrada me recordó de inmediato
a las fachadas de los viejos mausoleos del Cementerio de Los Ilustres.
—Espere aquí —dijo ella desde la
sombra—. No se preocupe, que usted recibirá lo que amerita por su espera.
Solo asentí, incapaz de articular
palabra.
La puerta se abrió y ella bajó.
Nuevamente el auto no se movió con su peso, pero el ambiente dentro del carro
se sintió extrañamente más ligero. La vi subir los veintiún escalones de la
entrada. Fue ahí cuando me percaté de que el vestido negro no era de fiesta:
era más parecido a un vestido de novia, con una cola larga de más de un metro
que arrastraba en silencio sobre la piedra, pero no era blanco, sino negro.
La vi cruzar la entrada, pero en
ningún momento vi que la puerta principal se abriera. Simplemente atravesó la
penumbra.
—Estoy alucinando por el
cansancio —me dije a mí mismo, apretando el volante—. Es la última carrera de
la noche y me voy a descansar.
Pasaron diez minutos. El silencio
se volvió tan pesado que dolía en los oídos. Ya no había viento ni árboles
moviéndose; el murmullo del motor era lo único que me conectaba con el mundo
real. Traté de distraerme, pero en las sombras de los árboles solo formaban
figuras grotescas.
De pronto, el silencio se rompió.
Un estruendo sonó, parecía un disparo que retumbó dentro de la mansión, seguido
por el sonido de vidrios quebrándose y un golpe pesado en el suelo.
Un frío me subió lentamente por
la espalda. La vi salir por la puerta principal. Ya no caminaba con elegancia;
pero sus movimientos seguían siendo suaves. Su vestido negro venía manchado con
gotas color carmín y su cuello venía desnudo: No traía su collar de rubí. Subió
al auto en absoluto silencio y ahí volví a notarlo, el auto ni siquiera se
movió mientras se subía. Un olor intenso a pólvora y lirios inundó el auto.
Apagué el aire acondicionado nuevamente porque sentía frío.
—Al Cementerio de Los Ilustres
—ordenó con una voz helada.
El pánico empezó a apoderarse de
mí. Apreté el volante con fuerza; mis nudillos se pusieron blancos.
—¿El… el cementerio? —alcancé a
formular, con la garganta seca.
Ella no respondió. El ambiente se
había tornado frío, aun sin el aire pareciera que por dentro me estaba
congelando.
—Usted no se acuerda de mí,
¿verdad? —dijo desde la penumbra del asiento trasero.
—No, señora. No sé de qué me
habla —mentí, sintiendo cómo el corazón me golpeaba el pecho a un ritmo
violento.
—Fue un martes como este. En un
auto más viejo.
Mis manos resbalaron sobre el
volante.
—Escuchó los mismos disparos en
esta misma casa. Escuchó mis gritos mientras me arrastraba por las escaleras
pidiendo ayuda...
No pude mirar el espejo.
—...y prefirió acelerar.
El mundo se me vino abajo. Los
recuerdos de esa noche me golpearon de pronto.
—Mi collar de rubí —continuó
ella, acercando su voz a mi oído—. El que le entregaron a cambio de su
silencio.
Sentí un peso dentro del bolsillo
de mi camisa.
—Nunca me lo había quitado.
No pude responder. La boca se me
secó por completo y las manos se me congelaron sobre el volante. Quise pisar el
freno, pero mis piernas no respondían.
Levanté la vista hacia el espejo
retrovisor.
Ella se echó hacia atrás el
cabello blanco. No había rostro. Las cuencas de
los ojos totalmente vacías y los huesos del cráneo asomando entre las mejillas
desgarradas.
—Espero que el rubí le haya
servido de algo —susurró el cadáver, mientras los seguros del auto se trancaron
con un golpe seco—. Porque ahora me toca cobrar el resto del viaje.
Epílogo Miércoles:
Los periódicos anunciaron el
aparente suicidio de Don Edgardo del Valle. Junto a él había una nota: «Ella me
ha perseguido desde ese día.»
En otras páginas se informó que
un conductor de aplicación fue encontrado muerto dentro de su auto. Había un
lirio en el asiento trasero y un rubí en el bolsillo de su camisa. Se descarta
el intento de robo.

Me encantó el final y el detalle final de los periodicos fue muy elegante
ReplyDeleteMe gusto las descripciones del entorno, me dio hasta frio jajaja, excelente.
ReplyDelete